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lunes, 19 de julio de 2010

¿Por qué tenemos pocos hijos? El Mercurio -Opinion- 19-07-2010

Jimena Valenzuela


La tasa de natalidad en Chile, de 1,9 hijos por mujer en edad fértil, no permite la reposición generacional. De no revertirse esta tendencia, el envejecimiento de nuestra población será una preocupante realidad.

Aunque a nivel global una de las principales causas de este fenómeno es la mayor incorporación de la mujer al trabajo remunerado, en nuestro país no sucede así. La tasa de participación femenina en el mercado laboral chileno es baja comparada con otros países de América y de la OCDE que tienen tasas de natalidad más altas o similares a la nuestra.

Reflexionemos, entonces, sobre qué otras causas inciden en esta tendencia a la baja de los nacimientos. Una de las principales es el alto costo que tiene en Chile una educación de calidad. Los padres de hoy están temerosos de traer más hijos al mundo por la incertidumbre de poder darles una buena formación académica y, por ende, un buen futuro. Hay que asegurar a los padres el acceso de sus hijos a la excelencia educativa, misión que debe realizar el Estado, mejorando el sistema actual. Algo positivo podría ser el subsidio directo a las familias para que puedan libremente elegir el colegio que quieren para sus hijos; asimismo, un mayor acceso a crédito estatal para costear estudios superiores, sean en entes públicos o privados.

Hay también otros motivos que influyen en el miedo a tener más hijos. Éstos son más sutiles y tienen que ver con la manera de ver la vida y los valores en los que ella se sustenta. El materialismo y el consumismo nos van penetrando en forma silenciosa. “Dime cuánto tienes y te diré cuánto vales” es una premisa que está en nuestro inconsciente. Creemos que mientras más cosas damos a los hijos los haremos más felices, seguros y les evitaremos frustraciones y dolores. Tal vez, lo que necesita nuestro hijo es más presencia nuestra y compañía de hermanos con los cuales compartir y jugar.

Por otro lado, el individualismo imperante nos hace pensar en nuestra satisfacción personal por encima de cualquier otro bien. Los hijos implican renuncias, sacrificios y postergaciones que no estamos dispuestos a realizar.

Otra causa importante es la inestabilidad de las familias. El debilitamiento del matrimonio y la precariedad de las relaciones de pareja hacen poco atractivo tener hijos. Es tan alta la posibilidad de que las uniones no perduren, que para qué complicarse. Si queremos ser más, depende del Estado que contemos con medios para fortalecer la familia y la estabilidad del matrimonio, y depende de nosotros que nos atrevamos a romper la tendencia.

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